jueves, 19 de abril de 2012

ENTREVISTA AL ESCRITOR RAFAEL SAAVEDRA

El día 17 de abril de 2012 siendo las 2 de la tarde nos encontramos en el salón 511 de la facultad de humanas de la Universidad Industrial de Santander para hacerle una entrevista al escritor y maestro Rafael Saavedra. Nacido en Curití, Santander, es licenciado en la enseñanza en Idiomas en 1981 de la Universidad Industrial de Santander. Es así que en 1991 recibió el doctorado en literatura latinoamericana en la Universidad del estado de Nueva York en Albany, la tesis de grado fue dirigida por el Dr. Luis Monguió y tiene por título: "Álvaro Cepeda Samudio: Una vocación literaria diferente". Asimismo hizo estudios en la Universidad del Estado de Arizona en Tucson, y se desempeñó como maestro de español y literatura en la Universidad del Estado de Nueva York, en New Paltz. En cuanto a su producción literaria, se ha desempeñado en varios campos literarios, novelas como “Los pollitos dicen pío, pío, pío” y “Marta se casa, que, de hecho, es su más reciente producción, como también ensayos en revistas especializadas: "Erotismo en los cuentos de Álvaro Cepeda Samudio", "Todos estábamos a la espera; las fuentes de una escritura", "Los cuentos de Juana", "Las opciones de Mamá Elena en Como agua para chocolate". De igual manera es autor de varios cuentos, entre ellos: "De pie frente a la ciudad", y "Pesadilla".
Y él estaba en frente de nosotras, detrás del mueble perfectamente acondicionado para nuestra labor docente, el escritorio, y él, precisamente, calificaba exámenes. Tenía la mirada cálida que da la impresión de que constantemente está jugando, su camisa era azul claro y en la mano el esfero rojo, con el que corregía a sus pupilos, fue entonces cuando  empezamos la siguiente entrevista:

  Muy amables por el detalle y el honor que me hacen.
-       
       Bueno profe, para empezar ¿cuántos años se ha dedicado a la escritura y cómo nació ese interés y esa necesidad de escribir?
-           Bueno… prácticamente he escrito desde 1972-73 (risas) cuando participé en un concurso de cuento organizado por el grupo nacional de cuento de Santander, cuyo juez del concurso fue Valderrama… y en ese momento uno de mis cuentos quedo entre los finalistas… el cuento se llamaba o se llama “De pie frente a la ciudad”.
-       
   -    ¿Y el interés y la necesidad de dónde?
-          Primero que todo, yo no sé si haya un interés consiente, pero sí un deseo d escribir… lo había y lo sigue habiendo… es algo que está dentro de uno y que lo impulsa a llenar un papel como el pintor llena un lienzo, uno llena el papel, la palabra es el objeto con el cual nosotros trabajamos.

-          ¿Qué significa la escritura para usted?
-     Significa… eh… mucho… primero me permite expresar elementos que están en el subconsciente, y que de otra manera no podrían salir. También me permite retarme a mí mismo… hacer esas cosas con mayor criterio artístico, es asumir un reto para tratar de ir a lo más alto en la expresión.

-          ¿Qué se necesita obligatoriamente para un escritor?
-          No lo digo yo, lo dice la crítica… por ejemplo Ortega y Gasset… lo han dicho mis profesores también, por ejemplo Serafín Martínez que el elemento fundamental para poder escribir es mirar lo que tenemos en frente, la vida misma, los hechos cotidianos, y de ahí se sacan los elementos para la escritura.

-          ¿Cree usted que para un escritor colombiano es necesario hablar de violencia?
-          De pronto, no necesario, pero sí resulta normal que aparezca en la literatura colombiana esos elementos, por qué… porque estamos inmersos dentro de ella y es muy difícil separarnos de la realidad, está ahí… nos atrapa, nos envuelve, e incluso puede derrotar, si no tenemos cuidado.

-          ¿Considera usted un problema la apatía literaria de los colombianos?
-                  ¿Quién dice que aquí hay apatía literaria? Primero que todo, yo encuentro en mis clases que una vez uno expone un tema, en este caso lo del cuento, y trae ejemplo, a los estudiantes les gusta. Y no solamente porque tiene que leerlo para la clase, sino porque los temas bien escritos atraen. Apatía, tal vez no, pero hay muchas alternativas que distraen, mientras las personas de hace, tal vez, cuarenta o cincuenta años tenían la televisión y de pronto el teléfono, hoy en día todos lo estudiantes tienen un celular, tiene cantidad de juegos, tienen cantidad de elementos que los apartan del camino de la literatura.

-  Bueno, pero usted como escritor, no ve como problema, a la hora de publicar, el inconveniente que hay en general hacia la lectura
-            Vuelvo al punto anterior, saliéndome del elemento universitario, en la ciudad hay talleres, yo mismo dirijo un taller de lectura en el Colombo-Americano y ahí van, normalmente entre quince o veinte personas un miércoles al mes a comentar sobre la novela que hemos seleccionado en grupo. También hay un taller o un encuentro de lectura organizado por la biblioteca Gabriel Turbay. En los colegios y creo que hay también interés, y la gente lee el periódicos, lee cantidad de libros, lee cantidad de elementos. A mi me parece que hay menos apatía que antes, el problema es cómo se enfoca esa lectura.

-         Bueno, entonces, qué posibilidades hay para incentivar a los colombianos a lectura como lo son los, ya mencionados, talleres
-                 Pues quien no muestra no vende. Entonces, hay ferias del libro donde pueden participar, se pude ir, se puede participar. Hay un inconveniente que es la parte económica. La parte económica, muchas veces, limita a las personas a ir, por ejemplo, a Bogotá a la feria del libro.

-          ¿Siente usted que las nuevas tecnologías han empobrecido o afectado la creación literaria?
-          Yo creo que cada cosa a su debido tiempo. Cuando a nosotros nos tocó el teléfono lo adaptamos a la literatura, de alguna manera yo he leído cuentos donde el teléfono juega un papel importante. Me imagino que en el futuro un celular va  a aparecer o un Ipod, entonces todos estos elementos pueden ser integrados a la literatura porque es la realidad. Desde la distracción sí es un problema. Todos esos elementos pueden distraer la atención, y entonces entre comprar una película, o comprar unos videojuegos y un libro, lo último que van a escoger es un libro, porque es una alternativa que en la actualidad también es costosa, las editoriales no reimprimen o solo reimprimen libros que representan económicamente rendimiento.

-          Es decir, que no considera un problema el hecho de leer vía online o de descargar libros pdf
-                Yo estoy acostumbrado a usa el computador y escribo en el computador, pero ya ir a otro medio, por ejemplo me parece muy incómodo escribir en la pantalla de los celulares, pero es una manera. Nosotros tenemos otra manera, y para mí la manera más, que pienso yo, recursiva… viene una idea, la anota uno ahí, luego la desarrolla. Si deja pasar los momentos en que viene esos chispazos, después es muy difícil recuperarlos… no aparece la palabra, no aparece la idea, la anécdota… tener a la mano una libreta de apuntas, un papel es muy bueno. También las habilidades; muchas personas se acostumbran a escribir a papel y lápiz. Otros en el computador.

-          A la hora de publicar o crear una obra literaria, ¿Cuál su mayor expectativa, qué espera de ella, qué sentimientos como escritor le emergen?
-              Bueno… hay una tradicional comparación que tener un libro es como tener un hijo…y no sobra, es decir, aparentemente uno pone todo el esfuerzo, es un proceso gestación en hasta que logra en concreto el texto y lo publica, la idea es que sea leído… recuerdan que una hablamos que el único texto que se escribía para después ser destruido son las listas de mercado…Umberto Eco lo dice, entonces de ahí la idea de que toda persona que escribe tiene internamente el deseo de ser leída. Y puede ser que la lectura sea en este momento, años después, quién sabe, pero yo escribo con la idea de que hay un lector en alguna parte que se v a sentar y va a recrear lo que yo he escrito.
-          ¿Qué autores influenciaron en su producción literaria y de qué manera lo afectaron?
-          Si uno está en el mundo de la academia tiene que vérselas con os grandes escritores,la idea es mantener la voz original de uno,no perderse en la voz de otro. (corte 13:25) Todo escritor debe buscar su propia voz, su propia manera, y en medio de tantos escritores ser único y eso es difícil, es difícil. Personas que haya tenido en cuenta, por A o por B, Juan Ramón Jiménez, poeta y narrador también, Álvaro Cepeda Samudio, a quien estudié bastante Italo Calvino, recuerdo haber leído un libro de él, era de unas memorias de la segunda guerra mundial, y eso de alguno manera me impactó, el estilo, la manera.
-          A la hora de escribir, de componer ¿Cuál es su género literario predilecto?
-          Yo prefiero… me gusta la narración, manejo la narración… de vez en cuando se me ocurren poema, pero es, digamos, un intento, nada más. No me considero un poeta, pero sí he intentado escribir poesía, respetando ese género como lo han hecho os grandes escritores.

-          ¿Qué opinión, ya como escritor, le merece la crítica literaria?
-                Es básica para el lector, no para el escritor. Si no estoy mal, Eleonora Western lo que dice es que lo críticos literarios lo que hacen muchas veces es destruir la obra, sin embargo es importante diferenciar de quién o quién la hace, porque si es una crítica de tipo hedonista, de tipo mi amigo, yo esa no la acepto, aunque aún existe en la actualidad, se cuela en los periódicos. Ya la crítica a nivel académico, lo que publican es revistas académicas seriadas, eso hay que mirarlo con respeto. Por ejemplo ustedes saben las expresiones que expresó Monteros Fuentes respecto a la novela “La Vorágine” que le dieron un huelco total, y así por el estilo hay muchas personas que han descubierto grandes escritores. Si no es por la crítica, pues esos escritores pasan inadvertidos. Entonces debemos ver la diferencia entre una crónica informal, por decirlo aso, y de una crítica muy formal, refiriéndonos a la académica.

-    Bueno profesor, entonces para cerrar nos gustaría recibir, pues de usted que escritor, algunas recomendaciones para las personas que están interesadas en la escritura.
-          Como dijimos en algunas de las preguntas, que miren, que observen, que empiecen a mirar lo que tiene alrededor, muchas veces está lloviendo y uno no sabe qué hacer,  pues póngase en la ventana y mire cómo se comporta la gente mientras llueve, que está n en un comedor, que están aburrido, miren cómo la gente come, personalidades, traten de adivinar quién está al frente. Jueguen. Le decía también en algunas clases que es muy importante recuperar “la loca de la casa” como le decía Germán Arciniegas: la imaginación, porque la imaginación es el elemento fundamental para la creatividad.

-          Bueno profesor muchísimas gracias y esperamos que le rinda con los exámenes.

De esta manera finalizamos un capítulo más en el proceso de cultivar nuestro proceso escritor y docente.

jueves, 22 de marzo de 2012

¿Cómo hacer un manicure en 20 minutos?

Domingo, 18 de marzo, 6:45 p.m.

Como de costumbre, he tenido una fatigante jornada de trabajo, el desempeñarme como digitadora de un historiador, a veces, resulta tortuoso para mis ojos y mis dedos, que luego de ocho horas y media gritan su cansancio debido a la letra diminuta y la precisión que exige dicha labor.

De repente se viene a mi mente la clase del martes, con el profesor Wilson Gómez, recuerdo la cuarta crónica que ha de llevar como título “¿Cómo se hace?” pero ¿Cómo se hace qué? ¿Qué tema elegiré? Me iré por alguna extraordinaria receta de cocina o a lo mejor por la creación de un juguete… ¡No! ¡Quiero algo cotidiano, bastante cotidiano! Entonces, me dirijo a la habitación de Lía, una chica con la que he creado una bonita amistad, ella es del bello departamento de la Guajira, particularmente, adoro cada vez que me describe la increíble mezcla de colores en los paisajes de su tierra.

Llego a la puerta de madera que divide la habitación de mi amiga con el resto de la casa y toco con el dedo índice de la mano derecha. Ella me reconoce enseguida diciendo:

  ¡Anda Lore, sigue! 

Giro la perilla y una sonrisa de oreja a oreja me recibe. La pregunta del millón:

    ¿Qué haces, Lía?
       Eh… no mucho, creo que voy a arreglarme las uñas.

¡Esa era la respuesta que tanto andaba buscando!  Le dije, espérame tantito, ya vengo, no comiences con eso hasta que yo vuelva. Corrí de nuevo a mi dormitorio. “La cámara, la cámara” pensaba mientras buscaba entre ese típico desorden de libros, fotocopias y hasta uno que otro poema. La hallé, en un abrir y cerrar de ojos ya estaba frente a ella, viendo cómo comenzaba por darle forma a sus uñas con una lima. 
Mientras tanto, me comentaba que le encantaban las uñas largas – y cuando dice largas, son realmente largas – personalmente, yo no podría mantenerlas, ¿la razón?: soy una mujer práctica y de comodidades, tenerlas de tal tamaño, para mí, representaría una total molestia. Cuando terminó dijo:

       Ahora pasamos a cortar los cueritos, porfa pásame el cortacutículas que está en el primer cajón de la mesita café.

Ella iba cortando sus “cueritos”, yo le hablaba de uno que otro acontecimiento de la semana, mientras apuntaba con el lente de la cámara para perpetuar aquel momento en que ese afilado aparato cortaba su piel muerta para hacer lucir sus dedos más estilizados, más blancos. Tal tarea, duró aproximadamente ocho minutos. Luego comenzó con el dilema de escoger el color que sus uñas llevarían aquella semana de marzo.

       A ver, Lía, qué dices, rojo, morado, lila o café, esos son los colores que veo aquí en tu cajón; aunque también está – en un rincón – el blanco con un color rosa y un esmalte transparente.
       ¡Los tres últimos!  

Grita emocionada, mientras yo sigo sus órdenes tomándolos en mis manos y pasándoselos para que comience a adornar sus dedos con algo de color.

       Esta vez, me voy a hacer el francés. Es que, la semana pasada tenía el “sangre toro”[1] y esta vez, quiero algo delicado, además, a Franklin, le gusta.

Acto seguido, se dibuja una hermosa sonrisa en su rostro; al mismo tiempo sus ojos brillan con una gran intensidad, evidentemente, provocada por el simple hecho de nombrar a aquel sujeto con el que está saliendo.
Comienza a pintar sus uñas con ese color pastel que mencioné hace poco. Yo la observo una y otra vez, me pierdo en el ir y venir de la brocha que, como un pincel se cree libre en ese espacio minúsculo pero maravilloso a la vez.
Luego de tener todas las uñas de aquel color femenil, toma en sus manos el blanco. Ese blanco será el encargado de dar un toque especial a aquellas uñas, ahora rosas.
Me admiro ante el pulso que ella posee al pasar la brocha solo por el borde de cada una de sus uñas; la miro, sorprendida. Como si hubiera leído mi pensamiento, dice:

       Lore, es que hace mucho yo misma me pinto las uñas. Tengo una práctica, que ni te imaginas.
 Asimilo cada una de sus palabras para responderle con un “eso veo” mientras lanzo una leve sonrisa con un movimiento de cabeza que va de arriba a abajo.

       ¿Y ya, terminaste?
       No. Ya casi, solo me hace falta aplicar el brillo secante y termino.
       Ah bueno…

Ella toma ese último esmalte transparentoso, al que le atribuye el valor de secar las uñas además de dotarlas de un incomparable brillo. Lo aplica y como un ritual mueve sus manos con los dedos abiertos de arriba a abajo, de izquierda a derecha, con un aire de satisfacción, del deber cumplido.
Yo  me quedo para seguir charlando, aunque me elevo por momentos pensando en cómo voy a comenzar la crónica que acabo de clausurar.


[1] Referencia que una reconocida marca de esmaltes da a un color para darle una identidad.

viernes, 17 de febrero de 2012

A propósito de profesiones curiosas

Doña Esther. ¿Doña Esther? Sí, sí, así se llama. -¿Seguro que ella puede curarme de esta terrible enfermedad que no me deja respirar? -¡Que sí hombre! Le digo que ella ha curado a mucha gente, lo único que hay que hacer es llamarla y decirle que uno va para allá, le decía Manuel a Pedro. No ve que esa señora curó a mi mamá, y lo único que tuvimos que hacer fue llevarla, luego de eso ella le puso las manos en el estómago, se puso a rezar, y ya con eso empezó a mejorar.
Así iba el curso de la conversación entre estas dos personas, mientras yo, atentamente escuchaba cada una de las palabras que pronunciaban, esto que comentaban, era de mi total interés.

Yo me preguntaba, ¿cómo puede ser posible que  alguien con un rezo pueda curar a otra persona? Entonces, me lancé a preguntar: - Disculpen señores, una pregunta: ¿cómo hago para llegar al sitio del que están hablando y conversar con esa señora? Ellos dijeron: - eso es vía Mogotes, usted tiene que preguntar por puente tierra, luego por la ladrillera y seguir ese camino, que es bastante largo, señorita. - ¿Y después? Pregunté yo. - Aaaaaah nooo… eso después usted pregunta en la primera tienda que encuentre por doña Esther o por la señora Paulina, que es la sobrina donde se está quedando, y ahí, segurito le dan razón. – Bueno señores, muchas gracias.

Me di a la tarea de convencer a un amigo, a quien llamaremos Andrés, para que me acompañara y con las indicaciones de los dos señores, llegamos. El camino fue bastante difícil, una cosa que ellos advirtieron y que olvidé mencionar era que, para poder ir, había que llevar un carro “todo terreno” porque uno “bajito”, no subía. Afortunadamente el padre de Andrés tenía una camioneta doble cabina y ella, fue nuestra gran aliada en esta curiosa aventura.

Cuando llegamos, pudimos darnos cuenta de que, en definitiva, el paisaje estaba cargado de variados matices, se podía sentir en cada respiro todo ese oxígeno que venía de la montaña y muy cerquita había una pequeña cascada que emitía un sonido particular, sonido relajante que llenaba de una energía particular todo el lugar. La casita donde vivía doña Esther, era bastante humilde, por lo que pudimos ver, su sobrina y sus nietos, estaban dedicados a las labores del hogar y del campo.

-¡Buenos días!  
-Buenos días, a la orden, ¿en qué les puedo ayudar?
-Háganos un favor, venimos buscando a doña Esther, ¿ella está?
-Sí señorita, ella está, sigan, sigan… ese es su cuarto.
- Muchas gracias.

Tomé a Andrés de la mano, indicándole que no quería entrar sola, di tres golpes a la puerta y una voz temblorosa dijo: bien puedan, ¡siiiigan! Andrés y yo obedecimos a aquella voz, y ahí estaba ella. Era una señora, más o menos de unos 104 años, medía aproximadamente un metro con setenta centímetros, tenía puesto un vestido de color gris, su piel trigueña estaba adornada de varias arrugas y su mirada inspiraba tranquilidad.

-¿Qué los trae por acá?
¡Mieerda! –Pensé- ¿Qué nos trae por acá? ¡¿Qué le digo, qué le digo?! Bueno, llevo como dos meses con esta tos de perro, como acostumbraba a decir mi mamá, entonces me lancé a decirle: 
-Señora Esther, es que… llevo como dos meses con una tos que no se me va, he probado de todo, y pues… nada funciona. ¿Usted podría ayudar a que se me quite?
-¡Ay mi niña! Eso usted se cura, usted se cura. Mire, coja en las mañanas la natica de la leche y le echa un poco de azúcar y se la toma. Con eso tiene.

Atentamente la escuchaba, cuando de repente con sus dos manos me apretó la garganta y comenzó a susurrar muy bajito varias palabras que yo no comprendía, sonaba como quien recitaba algo de memoria, con la plena convicción de que había un poder mágico en aquello que decía. Fueron aproximadamente uno, dos, tres, cuatro… cuatro minutos en aquel ritual. Cuando terminó un impulso se apoderó de mí hasta lanzarme a hacerle una pregunta que se salía algo del contexto:

-Doña Esther, perdone la pregunta… ¿usted hace cuánto trabaja en esto?
-Ay mijita, si le contara… mejor dicho, venga le cuento, porque mi historia, es para eso, para contarla.

Tan pronto dijo esto, Andrés abrió sus ojos más que de costumbre, y conociéndolo como lo conozco, puedo asegurar que una mezcla de misterio e intriga se expresaba a través de su mirada.

-Hace mucho tiempo, a mí me quisieron hacer daño. Yo me sentía muy enferma, mi familia gastó mucha plata en doctores, tratando de saber qué era lo que yo tenía, pero nada ni nadie daba con mi mal. Pasaban y pasaban los días, y yo empeoraba, hasta que, cierta mañana, un señor que iba pasando por el lado de mi casa me vio llorando y me preguntó: muchacha, muchacha, ¿por qué llora? Yo le dije, porque estoy muy enferma, yo no quiero seguir viviendo así, estoy cansada de ser una carga para mi familia, y no poderme valer por mí misma. Entonces, el señor me dijo: ya no llore más, más bien, váyase para el parque García Rovira de Bucaramanga, un viernes por la mañana; ay va a encontrar un señor que la va a ayudar, va a ver. Pos… yo dije, nada pierdo con hacerlo, y así lo hice, el viernes que siguió cogí flota y me fui para la capital. 
Llegué al dichoso parque y ¡lo primerito que vi fue una fila como de una cuadra! Pos me puse a hacer la fila, en esas el señor que sanaba abrió paso, me miró y dijo: ¡ella, déjenla pasar, que si no es ahorita, se nos muere, déjenla pasar! La gente me dio permiso y el señor comenzó a hablarme, y a decirme que lo que yo tenía era un mal impuesto. Que me lo habían dado en un bebedizo. Y me dijo también que no me preocupara, que yo me iba a curar. Y eso fue bendito remedio. Ese señor me salvó la vida, y ahora, yo también ayudo a la gente, porque niña, desde que uno pueda, uno tiene que ayudar a los demás, hasta que Dios nos dé licencia. Y ya que tengo este don, pos no voy a dejarlo ay… como si nada.

Andrés me miró con ojos de: ¡Lorena, quiero irme! Y entonces procedí a decirle a la señora:

-Doña Esther, le deseo muchos años más de vida para que siga ayudando a la gente por medio de, como usted misma dijo, ese don. Gracias por contarnos eso tan terrible que le pasó. ¿Cuánto le debemos por habernos ayudado?
-Lo que me quiera dar, niña.

Revisé en mis bolsillos y encontré un billete arrugado, se lo entregué y nuevamente le agradecí. Salimos de aquella habitación con la idea de que, a lo mejor esas cosas funcionen. La vida está llena de tantas cosas locas, inauditas y extrañas, que vaya uno a saber.

miércoles, 15 de febrero de 2012

El viaje a la universidad



Un día cualquiera –miércoles-, a una hora cualquiera -9:40 a.m.- Lorena sale de uno de esos cupos universitarios que ofrecen alimentación, alojamiento, comida y arreglo de ropa. Va camino a la algún sitio, pero esta vez el recorrido será diferente: ella va a detallar, más que de costumbre, ese pequeño viaje –aproximadamente 10 cuadras- que emprende cada mañana hacia el lugar donde libros, profesores, compañeros dan forma a su vida profesional: la universidad.  

Al abrir la puerta de aquella casa, recibe en sus ojos claros una bocanada del radiante sol, que le anuncia, será un día caluroso. Observa hacia el frente y ve a “Don Horacio”, el dueño de una tienda que siempre la saluda amablemente: - Buenos días señorita, ¿cómo está?; ella responde: Buenos días Don Horacio, bien y ¿usted qué tal?; él: - bieeen, bien… ahí vamos. Que tenga un buen día; ella: - Muchas gracias, igualmente. Lorena continúa su camino, como habitualmente lo hace, baja por la calle 18 hasta la carrera 30 pasando por peluquerías, panaderías, tiendas, casas residenciales… en este corto trayecto piensa en su familia, en aquel lugar que hace dos meses no visita y se llena un poco de nostalgia, segundos más tarde, toma el celular en sus manos y llama su madre para llenarla de varias preguntas y así saciar un poco el deseo de sentirla cerca, de verla, de abrazarla. Luego de recargar baterías con aquella llamada, continúa caminando, ahora tiene a su lado una frutería que le recuerda los sabores frescos del campo, los colores cálidos del trópico y la tranquilidad, elementos que evidentemente contrastan con los carros, buses, motos que pasan a toda velocidad, como si estuvieran en una carrera contra el tiempo y el espacio.

Sin darse cuenta ya está por cruzar la calle 14 con carrera 29, como siempre, el haber llegado hasta allí, es para ella algo efímero. Sigue su pequeña travesía, percatándose de que está próxima a llegar al cupo universitario donde vive Yesenia, una de sus amigas de la universidad, y cuando digo amigas me refiero a esas que dejan huella, que impregnan con su particular forma de ser y de ver la vida un poco de ellas mismas y que, como en toda buena relación, ha tenido que soportar las locuras y momentos no tan buenos que el ser humano ofrece. De nuevo, Lorena toma el celular en sus manos, y se dispone a “timbrarle”, para indicarle a su amiga, que está ahí, esperándola para ir juntas hacia la misma dirección, de nuevo le marca, pero al ver que ella no abre la puerta, decide continuar sola hacia su destino.

¡Ya faltan pocas cuadras! ¡Solo cuatro! Mientras tanto, a su alrededor, ve niños de colegio, papelerías, vendedores ambulantes, ve cruzar uno de los articulados del metrolínea y de repente… Los señores del ESMAD que como adornando el paisaje de manera imponente se encargan de darle la bienvenida al alma máter: ¡Bienvenida Lorena! ¡Está acercándose usted cada vez más a la universidad! Entonces la aglomeración de gente, los variados sonidos: “El combo, el combo, el combo”, los colores y en el fondo un letrero que dice “Universidad Industrial de Santander” indican que finalmente, Lorena ha llegado a donde pretendía hacerlo desde el momento en que abrió sus ojos esta mañana.