Un día cualquiera –miércoles-, a una hora cualquiera -9:40 a.m.- Lorena sale de uno de esos cupos universitarios que ofrecen alimentación, alojamiento, comida y arreglo de ropa. Va camino a la algún sitio, pero esta vez el recorrido será diferente: ella va a detallar, más que de costumbre, ese pequeño viaje –aproximadamente 10 cuadras- que emprende cada mañana hacia el lugar donde libros, profesores, compañeros dan forma a su vida profesional: la universidad.
Al abrir la puerta de aquella casa, recibe en sus ojos claros una bocanada del radiante sol, que le anuncia, será un día caluroso. Observa hacia el frente y ve a “Don Horacio”, el dueño de una tienda que siempre la saluda amablemente: - Buenos días señorita, ¿cómo está?; ella responde: Buenos días Don Horacio, bien y ¿usted qué tal?; él: - bieeen, bien… ahí vamos. Que tenga un buen día; ella: - Muchas gracias, igualmente. Lorena continúa su camino, como habitualmente lo hace, baja por la calle 18 hasta la carrera 30 pasando por peluquerías, panaderías, tiendas, casas residenciales… en este corto trayecto piensa en su familia, en aquel lugar que hace dos meses no visita y se llena un poco de nostalgia, segundos más tarde, toma el celular en sus manos y llama su madre para llenarla de varias preguntas y así saciar un poco el deseo de sentirla cerca, de verla, de abrazarla. Luego de recargar baterías con aquella llamada, continúa caminando, ahora tiene a su lado una frutería que le recuerda los sabores frescos del campo, los colores cálidos del trópico y la tranquilidad, elementos que evidentemente contrastan con los carros, buses, motos que pasan a toda velocidad, como si estuvieran en una carrera contra el tiempo y el espacio.
Sin darse cuenta ya está por cruzar la calle 14 con carrera 29, como siempre, el haber llegado hasta allí, es para ella algo efímero. Sigue su pequeña travesía, percatándose de que está próxima a llegar al cupo universitario donde vive Yesenia, una de sus amigas de la universidad, y cuando digo amigas me refiero a esas que dejan huella, que impregnan con su particular forma de ser y de ver la vida un poco de ellas mismas y que, como en toda buena relación, ha tenido que soportar las locuras y momentos no tan buenos que el ser humano ofrece. De nuevo, Lorena toma el celular en sus manos, y se dispone a “timbrarle”, para indicarle a su amiga, que está ahí, esperándola para ir juntas hacia la misma dirección, de nuevo le marca, pero al ver que ella no abre la puerta, decide continuar sola hacia su destino.
¡Ya faltan pocas cuadras! ¡Solo cuatro! Mientras tanto, a su alrededor, ve niños de colegio, papelerías, vendedores ambulantes, ve cruzar uno de los articulados del metrolínea y de repente… Los señores del ESMAD que como adornando el paisaje de manera imponente se encargan de darle la bienvenida al alma máter: ¡Bienvenida Lorena! ¡Está acercándose usted cada vez más a la universidad! Entonces la aglomeración de gente, los variados sonidos: “El combo, el combo, el combo”, los colores y en el fondo un letrero que dice “Universidad Industrial de Santander” indican que finalmente, Lorena ha llegado a donde pretendía hacerlo desde el momento en que abrió sus ojos esta mañana.
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