jueves, 23 de febrero de 2012
lunes, 20 de febrero de 2012
viernes, 17 de febrero de 2012
A propósito de profesiones curiosas
Doña Esther. ¿Doña Esther? Sí, sí, así se llama. -¿Seguro que ella puede curarme de esta terrible enfermedad que no me deja respirar? -¡Que sí hombre! Le digo que ella ha curado a mucha gente, lo único que hay que hacer es llamarla y decirle que uno va para allá, le decía Manuel a Pedro. No ve que esa señora curó a mi mamá, y lo único que tuvimos que hacer fue llevarla, luego de eso ella le puso las manos en el estómago, se puso a rezar, y ya con eso empezó a mejorar.
Así iba el curso de la conversación entre estas dos personas, mientras yo, atentamente escuchaba cada una de las palabras que pronunciaban, esto que comentaban, era de mi total interés.
Yo me preguntaba, ¿cómo puede ser posible que alguien con un rezo pueda curar a otra persona? Entonces, me lancé a preguntar: - Disculpen señores, una pregunta: ¿cómo hago para llegar al sitio del que están hablando y conversar con esa señora? Ellos dijeron: - eso es vía Mogotes, usted tiene que preguntar por puente tierra, luego por la ladrillera y seguir ese camino, que es bastante largo, señorita. - ¿Y después? Pregunté yo. - Aaaaaah nooo… eso después usted pregunta en la primera tienda que encuentre por doña Esther o por la señora Paulina, que es la sobrina donde se está quedando, y ahí, segurito le dan razón. – Bueno señores, muchas gracias.
Me di a la tarea de convencer a un amigo, a quien llamaremos Andrés, para que me acompañara y con las indicaciones de los dos señores, llegamos. El camino fue bastante difícil, una cosa que ellos advirtieron y que olvidé mencionar era que, para poder ir, había que llevar un carro “todo terreno” porque uno “bajito”, no subía. Afortunadamente el padre de Andrés tenía una camioneta doble cabina y ella, fue nuestra gran aliada en esta curiosa aventura.
Cuando llegamos, pudimos darnos cuenta de que, en definitiva, el paisaje estaba cargado de variados matices, se podía sentir en cada respiro todo ese oxígeno que venía de la montaña y muy cerquita había una pequeña cascada que emitía un sonido particular, sonido relajante que llenaba de una energía particular todo el lugar. La casita donde vivía doña Esther, era bastante humilde, por lo que pudimos ver, su sobrina y sus nietos, estaban dedicados a las labores del hogar y del campo.
-¡Buenos días!
-Buenos días, a la orden, ¿en qué les puedo ayudar?
-Háganos un favor, venimos buscando a doña Esther, ¿ella está?
-Sí señorita, ella está, sigan, sigan… ese es su cuarto.
- Muchas gracias.
Tomé a Andrés de la mano, indicándole que no quería entrar sola, di tres golpes a la puerta y una voz temblorosa dijo: bien puedan, ¡siiiigan! Andrés y yo obedecimos a aquella voz, y ahí estaba ella. Era una señora, más o menos de unos 104 años, medía aproximadamente un metro con setenta centímetros, tenía puesto un vestido de color gris, su piel trigueña estaba adornada de varias arrugas y su mirada inspiraba tranquilidad.
-¿Qué los trae por acá?
¡Mieerda! –Pensé- ¿Qué nos trae por acá? ¡¿Qué le digo, qué le digo?! Bueno, llevo como dos meses con esta tos de perro, como acostumbraba a decir mi mamá, entonces me lancé a decirle:
-Señora Esther, es que… llevo como dos meses con una tos que no se me va, he probado de todo, y pues… nada funciona. ¿Usted podría ayudar a que se me quite?
-¡Ay mi niña! Eso usted se cura, usted se cura. Mire, coja en las mañanas la natica de la leche y le echa un poco de azúcar y se la toma. Con eso tiene.
Atentamente la escuchaba, cuando de repente con sus dos manos me apretó la garganta y comenzó a susurrar muy bajito varias palabras que yo no comprendía, sonaba como quien recitaba algo de memoria, con la plena convicción de que había un poder mágico en aquello que decía. Fueron aproximadamente uno, dos, tres, cuatro… cuatro minutos en aquel ritual. Cuando terminó un impulso se apoderó de mí hasta lanzarme a hacerle una pregunta que se salía algo del contexto:
-Doña Esther, perdone la pregunta… ¿usted hace cuánto trabaja en esto?
-Ay mijita, si le contara… mejor dicho, venga le cuento, porque mi historia, es para eso, para contarla.
Tan pronto dijo esto, Andrés abrió sus ojos más que de costumbre, y conociéndolo como lo conozco, puedo asegurar que una mezcla de misterio e intriga se expresaba a través de su mirada.
-Hace mucho tiempo, a mí me quisieron hacer daño. Yo me sentía muy enferma, mi familia gastó mucha plata en doctores, tratando de saber qué era lo que yo tenía, pero nada ni nadie daba con mi mal. Pasaban y pasaban los días, y yo empeoraba, hasta que, cierta mañana, un señor que iba pasando por el lado de mi casa me vio llorando y me preguntó: muchacha, muchacha, ¿por qué llora? Yo le dije, porque estoy muy enferma, yo no quiero seguir viviendo así, estoy cansada de ser una carga para mi familia, y no poderme valer por mí misma. Entonces, el señor me dijo: ya no llore más, más bien, váyase para el parque García Rovira de Bucaramanga, un viernes por la mañana; ay va a encontrar un señor que la va a ayudar, va a ver. Pos… yo dije, nada pierdo con hacerlo, y así lo hice, el viernes que siguió cogí flota y me fui para la capital.
Llegué al dichoso parque y ¡lo primerito que vi fue una fila como de una cuadra! Pos me puse a hacer la fila, en esas el señor que sanaba abrió paso, me miró y dijo: ¡ella, déjenla pasar, que si no es ahorita, se nos muere, déjenla pasar! La gente me dio permiso y el señor comenzó a hablarme, y a decirme que lo que yo tenía era un mal impuesto. Que me lo habían dado en un bebedizo. Y me dijo también que no me preocupara, que yo me iba a curar. Y eso fue bendito remedio. Ese señor me salvó la vida, y ahora, yo también ayudo a la gente, porque niña, desde que uno pueda, uno tiene que ayudar a los demás, hasta que Dios nos dé licencia. Y ya que tengo este don, pos no voy a dejarlo ay… como si nada.
Andrés me miró con ojos de: ¡Lorena, quiero irme! Y entonces procedí a decirle a la señora:
-Doña Esther, le deseo muchos años más de vida para que siga ayudando a la gente por medio de, como usted misma dijo, ese don. Gracias por contarnos eso tan terrible que le pasó. ¿Cuánto le debemos por habernos ayudado?
-Lo que me quiera dar, niña.
Revisé en mis bolsillos y encontré un billete arrugado, se lo entregué y nuevamente le agradecí. Salimos de aquella habitación con la idea de que, a lo mejor esas cosas funcionen. La vida está llena de tantas cosas locas, inauditas y extrañas, que vaya uno a saber.
miércoles, 15 de febrero de 2012
El viaje a la universidad
Un día cualquiera –miércoles-, a una hora cualquiera -9:40 a.m.- Lorena sale de uno de esos cupos universitarios que ofrecen alimentación, alojamiento, comida y arreglo de ropa. Va camino a la algún sitio, pero esta vez el recorrido será diferente: ella va a detallar, más que de costumbre, ese pequeño viaje –aproximadamente 10 cuadras- que emprende cada mañana hacia el lugar donde libros, profesores, compañeros dan forma a su vida profesional: la universidad.
Al abrir la puerta de aquella casa, recibe en sus ojos claros una bocanada del radiante sol, que le anuncia, será un día caluroso. Observa hacia el frente y ve a “Don Horacio”, el dueño de una tienda que siempre la saluda amablemente: - Buenos días señorita, ¿cómo está?; ella responde: Buenos días Don Horacio, bien y ¿usted qué tal?; él: - bieeen, bien… ahí vamos. Que tenga un buen día; ella: - Muchas gracias, igualmente. Lorena continúa su camino, como habitualmente lo hace, baja por la calle 18 hasta la carrera 30 pasando por peluquerías, panaderías, tiendas, casas residenciales… en este corto trayecto piensa en su familia, en aquel lugar que hace dos meses no visita y se llena un poco de nostalgia, segundos más tarde, toma el celular en sus manos y llama su madre para llenarla de varias preguntas y así saciar un poco el deseo de sentirla cerca, de verla, de abrazarla. Luego de recargar baterías con aquella llamada, continúa caminando, ahora tiene a su lado una frutería que le recuerda los sabores frescos del campo, los colores cálidos del trópico y la tranquilidad, elementos que evidentemente contrastan con los carros, buses, motos que pasan a toda velocidad, como si estuvieran en una carrera contra el tiempo y el espacio.
Sin darse cuenta ya está por cruzar la calle 14 con carrera 29, como siempre, el haber llegado hasta allí, es para ella algo efímero. Sigue su pequeña travesía, percatándose de que está próxima a llegar al cupo universitario donde vive Yesenia, una de sus amigas de la universidad, y cuando digo amigas me refiero a esas que dejan huella, que impregnan con su particular forma de ser y de ver la vida un poco de ellas mismas y que, como en toda buena relación, ha tenido que soportar las locuras y momentos no tan buenos que el ser humano ofrece. De nuevo, Lorena toma el celular en sus manos, y se dispone a “timbrarle”, para indicarle a su amiga, que está ahí, esperándola para ir juntas hacia la misma dirección, de nuevo le marca, pero al ver que ella no abre la puerta, decide continuar sola hacia su destino.
¡Ya faltan pocas cuadras! ¡Solo cuatro! Mientras tanto, a su alrededor, ve niños de colegio, papelerías, vendedores ambulantes, ve cruzar uno de los articulados del metrolínea y de repente… Los señores del ESMAD que como adornando el paisaje de manera imponente se encargan de darle la bienvenida al alma máter: ¡Bienvenida Lorena! ¡Está acercándose usted cada vez más a la universidad! Entonces la aglomeración de gente, los variados sonidos: “El combo, el combo, el combo”, los colores y en el fondo un letrero que dice “Universidad Industrial de Santander” indican que finalmente, Lorena ha llegado a donde pretendía hacerlo desde el momento en que abrió sus ojos esta mañana.
viernes, 10 de febrero de 2012
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