Domingo, 18 de marzo, 6:45 p.m.
Como de costumbre, he tenido una fatigante jornada de trabajo, el desempeñarme como digitadora de un historiador, a veces, resulta tortuoso para mis ojos y mis dedos, que luego de ocho horas y media gritan su cansancio debido a la letra diminuta y la precisión que exige dicha labor.
De repente se viene a mi mente la clase del martes, con el profesor Wilson Gómez, recuerdo la cuarta crónica que ha de llevar como título “¿Cómo se hace?” pero ¿Cómo se hace qué? ¿Qué tema elegiré? Me iré por alguna extraordinaria receta de cocina o a lo mejor por la creación de un juguete… ¡No! ¡Quiero algo cotidiano, bastante cotidiano! Entonces, me dirijo a la habitación de Lía, una chica con la que he creado una bonita amistad, ella es del bello departamento de la Guajira, particularmente, adoro cada vez que me describe la increíble mezcla de colores en los paisajes de su tierra.
Llego a la puerta de madera que divide la habitación de mi amiga con el resto de la casa y toco con el dedo índice de la mano derecha. Ella me reconoce enseguida diciendo:
– ¡Anda Lore, sigue!
Giro la perilla y una sonrisa de oreja a oreja me recibe. La pregunta del millón:
– ¿Qué haces, Lía?
– Eh… no mucho, creo que voy a arreglarme las uñas.
¡Esa era la respuesta que tanto andaba buscando! Le dije, espérame tantito, ya vengo, no comiences con eso hasta que yo vuelva. Corrí de nuevo a mi dormitorio. “La cámara, la cámara” pensaba mientras buscaba entre ese típico desorden de libros, fotocopias y hasta uno que otro poema. La hallé, en un abrir y cerrar de ojos ya estaba frente a ella, viendo cómo comenzaba por darle forma a sus uñas con una lima.
Mientras tanto, me comentaba que le encantaban las uñas largas – y cuando dice largas, son realmente largas – personalmente, yo no podría mantenerlas, ¿la razón?: soy una mujer práctica y de comodidades, tenerlas de tal tamaño, para mí, representaría una total molestia. Cuando terminó dijo:
– Ahora pasamos a cortar los cueritos, porfa pásame el cortacutículas que está en el primer cajón de la mesita café.
Ella iba cortando sus “cueritos”, yo le hablaba de uno que otro acontecimiento de la semana, mientras apuntaba con el lente de la cámara para perpetuar aquel momento en que ese afilado aparato cortaba su piel muerta para hacer lucir sus dedos más estilizados, más blancos. Tal tarea, duró aproximadamente ocho minutos. Luego comenzó con el dilema de escoger el color que sus uñas llevarían aquella semana de marzo.
– A ver, Lía, qué dices, rojo, morado, lila o café, esos son los colores que veo aquí en tu cajón; aunque también está – en un rincón – el blanco con un color rosa y un esmalte transparente.
– ¡Los tres últimos!
Grita emocionada, mientras yo sigo sus órdenes tomándolos en mis manos y pasándoselos para que comience a adornar sus dedos con algo de color.
– Esta vez, me voy a hacer el francés. Es que, la semana pasada tenía el “sangre toro”[1] y esta vez, quiero algo delicado, además, a Franklin, le gusta.
Acto seguido, se dibuja una hermosa sonrisa en su rostro; al mismo tiempo sus ojos brillan con una gran intensidad, evidentemente, provocada por el simple hecho de nombrar a aquel sujeto con el que está saliendo.
Comienza a pintar sus uñas con ese color pastel que mencioné hace poco. Yo la observo una y otra vez, me pierdo en el ir y venir de la brocha que, como un pincel se cree libre en ese espacio minúsculo pero maravilloso a la vez.
Luego de tener todas las uñas de aquel color femenil, toma en sus manos el blanco. Ese blanco será el encargado de dar un toque especial a aquellas uñas, ahora rosas.
Me admiro ante el pulso que ella posee al pasar la brocha solo por el borde de cada una de sus uñas; la miro, sorprendida. Como si hubiera leído mi pensamiento, dice:
– Lore, es que hace mucho yo misma me pinto las uñas. Tengo una práctica, que ni te imaginas.
– ¿Y ya, terminaste?
– No. Ya casi, solo me hace falta aplicar el brillo secante y termino.
– Ah bueno…
Ella toma ese último esmalte transparentoso, al que le atribuye el valor de secar las uñas además de dotarlas de un incomparable brillo. Lo aplica y como un ritual mueve sus manos con los dedos abiertos de arriba a abajo, de izquierda a derecha, con un aire de satisfacción, del deber cumplido.
Yo me quedo para seguir charlando, aunque me elevo por momentos pensando en cómo voy a comenzar la crónica que acabo de clausurar.
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