Moncho por fin lo comprende...
Hoy, once años después de aquel tormentoso día, de aquel reclutamiento forzoso, no olvido lo sucedido y es ahora cuando comprendo que no hice bien al seguir los consejos de mi madre -“Tú también Moncho, grita”- y yo comencé a pronunciar palabras que ni siquiera entendía –“¡Ateo, rojo, rojo!”. Solo sé que me dolió ver cómo se llevaban a Don Gregorio; se veía tan frágil y resignado con lo que estaba sucediendo que simplemente caminaba con un aire de frustración y desesperanza, como cuando encierran a un pajarito en una jaula, y ya no le queda nada por hacer más que resignarse a vivir como otros lo han decidido.
Los gritos de mi papá – que iban acompañados de lágrimas y una voz temblorosa – también revelaban que no estaba de acuerdo con lo que estaba pasando, expresaban dolor, rabia y angustia por lo que a Don Gregorio le esperaría, a pesar de que con sus palabras expresaba otro sentir.
Hoy, al fin comprendo que existen personas que optan por defender sus ideales hasta el final sin importar las consecuencias, sin importar que una tragedia sea la respuesta de ese acto consciente. La manipulación política y religiosa han sido las culpables de la muerte de varias personas y aún sigue comprobándose que el manejo del poder sigue causando estragos económicos y sociales; la pobreza cada día aumenta más, si uno piensa y actúa como ellos obtiene algunos beneficios, si no, entonces es estar en su contra… atropellan, abusan, pisotean y se burlan de la vida del otro, niegan el derecho a la educación, yo simplemente me pregunto ¡quiénes se creen ellos para tomarse ese tipo de atribuciones!
Don Gregorio me brindó no solo la oportunidad de conocerlo como maestro, el gran maestro que era, sino que además, compartimos experiencias inolvidables, me enseñó acerca de la naturaleza, aprendí que ¡las mariposas tienen lengua!, salvó mi vida en una ocasión, me ayudó con una niña que me parecía hermosa, me abrió su corazón… ¿Y yo? ¡Qué hice yo! Lo defraudé, le fallé, lo ofendí de la peor manera. Corrí y corrí detrás de ese camión con mis manos empuñadas y con las palabras que dejaron en claro que lo aprendido con él, me marcó para el resto de mi vida.
¡Sapo!, ¡Tilonorrinco!, ¡Iris!


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