Un 17 de julio, aproximadamente a las 11:45 de la noche, nació ella, una niña rosada, muy rosada, que permanecía con los ojitos cerrados y que al parecer temblaba de frío. Su madre, una mujer de 22 años la sostenía en sus brazos, la contemplaba con un sentimiento que jamás había experimentado en el transcurso de su vida… ¡sí! Era su primeriza.
Había sido un parto difícil, pero todo el sufrimiento resultaba insignificante ante la felicidad que respiraba en ese instante. Su padre, impaciente recorría la sala de espera de un lado para otro, se dirigía por un café cuando el doctor Pedraza se asomó y le dijo: Roberto… es una niña, ¡ya puede entrar! Emocionado se acercó a su compañera, la besó, pero no fue capaz de cargar a aquella diminuta y frágil criatura.
Tal como lo habían acordado, empezaron a Llamarla Lorena, “Lorena María” para ser más precisos. A medida que fue pasando el tiempo, la niña comenzó a crecer, sus rasgos fueron formándose: piel clara, cabello dorado, ojos azul – verdosos, una boca pequeña y una nariz diminuta. El timbre de su voz era bastante agudo, pero dulce, como ella misma. Dos años después nació su hermana, un ser muy especial, que llegaría para llenarle la vida de colores.
A la edad de 3 años, Lorena tuvo su primer contacto con niños de su misma edad en un lugar llamado “Caritas alegres”, allí, cuidaban de ella mientras sus padres trabajaban. Ese primer contacto fue inolvidable, se sentía en un mundo que iba acorde a sus expectativas, había una casita muy particular a la cual llamaban “la casa de las muñecas” y era como estar en un sitio hecho a su medida. Lo que más le encantaba a ella, además de cantar, era la pintura. Le parecían fenomenales las tardes en que su maestra “Ofelia” sacaba los delantales del armario para crear infinidad de matices.
Al siguiente año, un nuevo lugar la esperaba… ¡El colegio! Y con él, nuevas experiencias, situaciones, ambientes y realidades. Lore, como le decían de cariño, siempre fue una niña muy tímida, por lo que le costaba mucho trabajo relacionarse con sus compañeros. A medida que fue avanzando el tiempo, el compartir y las circunstancias hicieron que ella se integrara poco a poco con ellos y que se crearan nuevos vínculos de amistad, donde la lonchera era un gran manjar y el juego la actividad más placentera.
Así como la parte emocional y social se iba desarrollando, también lo hacía su parte intelectual. Comenzó entonces, a relacionarse con garabatos, pensaba ella, garabatos que luego de un tiempo comenzó a llamar números y letras. Las letras… ¡Oh! Las letras, al comienzo le pusieron problema, pues, manipular el lápiz era toda una maniobra, basta con decir que, podría demorarse hasta el doble de lo que normalmente uno de sus compañeros tardaría. Los miércoles en la mañana, su profesora Leonor tomaba un libro entre sus manos y comenzaba a contar historias que la conmovían, que podían hacerla pasar por todos los estados de ánimo. Entonces fue ahí cuando se despertó el interés por la lectura, deseaba poder hacer lo mismo que su maestra, tomar un libro y sin necesidad de depender de nadie, leerlo. Empezaron las clases de lectura: que la a con la m “ma”, que la m con la o “mo”, que la m con la i “mi” y así vocal por vocal, letra por letra comenzó a recorrer poco a poco el abecedario y todas sus combinaciones. Con el pasar de los años fue avanzando, de esta manera escaló poco a poco la palabra, la frase, los párrafos y los textos completos como los cuentos, poesías y fábulas.
Hoy, la lectura es para ella una de sus más grandes pasiones, a veces se sumerge en obras por interés, angustia, necesidad, deseo, curiosidad, y otros tantos motivos que en este momento se escapan. Solo sabe que así como alguna vez ella encontró un libro, muchas otras, ha sido el libro quien la ha encontrado a ella.


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